Una práctica no se convierte en disciplina por repetirse

 


La difusión puede normalizar una práctica y darle apariencia de solidez, sin embargo, solo una teoría capaz de ordenar su conocimiento permite explicar qué hace, sobre qué interviene y desde qué criterio puede considerarse una disciplina.


Una práctica puede extenderse durante años, multiplicar sus formaciones, reunir a numerosos profesionales y adquirir una apariencia cada vez más consolidada sin haber respondido todavía a una pregunta elemental: 


¿qué conocimiento ordena realmente esa práctica?.


La expansión demuestra que algo se utiliza, se enseña y se reproduce, pero no permite concluir que aquello que se repite posea un fundamento suficiente. Sin embargo, cuando una práctica alcanza cierta popularidad, la familiaridad que genera puede acabar funcionando como una prueba aparente de validez. Se da por sentado que debe de estar bien fundada porque muchas personas la conocen, muchas escuelas la enseñan y muchas entidades la certifican.


El razonamiento parece convincente hasta que se examina con detenimiento. Una afirmación no adquiere consistencia por repetirse y una práctica no se convierte en disciplina porque haya logrado ocupar un espacio social. La reiteración puede afianzar hábitos, vocabularios y modos de intervenir, pero también puede consolidar supuestos que nunca fueron examinados con suficiente rigor.


En ese punto, la evidencia deja de depender del criterio y empieza a construirse mediante repetición. Algo parece cierto porque se oye con frecuencia y termina aceptándose porque ya resulta familiar. No hace falta demostrarlo mientras continúe circulando dentro de un entorno que lo confirma una y otra vez.


Este mecanismo resulta especialmente visible cuando la práctica comienza a revestirse de lenguaje científico sin haber aclarado antes la relación entre ese vocabulario y aquello que realmente hace. Incorporar referencias a la neurociencia, la psicología, la filosofía o cualquier otro campo puede aportar conocimiento cuando existe una relación justificada. En cambio, cuando esos préstamos se utilizan únicamente para otorgar prestigio, la terminología científica no fundamenta la práctica, sino que disimula la ausencia de un fundamento propio.


Una asociación no ordena necesariamente un campo


La existencia de asociaciones, acreditaciones y certificaciones tampoco resuelve por sí misma la cuestión. Estas estructuras pueden organizar profesionales, establecer requisitos formativos y facilitar cierto reconocimiento compartido, pero su mera existencia no demuestra que hayan delimitado el campo que representan.


Organizar una disciplina exige algo más que agrupar sus distintas manifestaciones. Requiere establecer qué tienen realmente en común, qué permite considerarlas parte de una misma práctica y qué propuestas quedan fuera porque responden a objetos, fundamentos o formas de intervención diferentes.


Cuando casi cualquier actividad puede incorporarse añadiendo un adjetivo a la palabra coaching, la amplitud aparente comienza a mostrar su debilidad. El adjetivo permite hablar de coaching ejecutivo, emocional, educativo, nutricional, espiritual, financiero, sistémico, neurocientífico o de muchas otras modalidades, pero la proliferación de nombres no aclara qué conocimiento común sostiene el conjunto.


En realidad, cuanto más se amplía una denominación sin explicar su criterio de pertenencia, menos preciso resulta su significado. Si toda conversación de ayuda, toda intervención orientada al cambio o toda técnica aplicada a una finalidad concreta puede llamarse coaching, ya no sabemos qué distingue esta práctica de la consultoría, la formación, el asesoramiento, la psicología, la mentoría o el acompañamiento personal.


Una asociación verdaderamente interesada en ordenar un campo no puede limitarse a reunir todo cuanto utiliza el mismo nombre. Necesita preguntarse qué justifica esa pertenencia. De otro modo, no organiza una disciplina, sino que administra una etiqueta cuya elasticidad permite mantener dentro propuestas que quizá solo comparten una denominación comercial.


Lo que convierte una práctica en disciplina


Una disciplina comienza a adquirir consistencia cuando puede ordenar un conocimiento y ofrecer respuestas razonadas sobre sí misma. No basta con que sus profesionales sepan aplicar técnicas o reproducir una estructura. Es necesario poder explicar qué realidad estudian o sobre qué realidad intervienen, desde qué comprensión lo hacen y por qué determinadas actuaciones son coherentes con la práctica, mientras otras no lo son.


Esto exige una teoría. No entendida como un conjunto abstracto de ideas alejado de la experiencia, sino como un marco que permita comprender lo que sucede, relacionar conceptos, justificar decisiones y revisar críticamente la intervención.


La teoría no sustituye a la práctica ni la encierra en una secuencia rígida. Le proporciona un fundamento desde el que interpretar situaciones que nunca son idénticas y adoptar decisiones sin depender únicamente de la intuición, la costumbre o la herramienta aprendida.


También permite identificar el objeto de la disciplina. Hablar de objeto significa aclarar cuál es la realidad específica sobre la que se trabaja. No se trata simplemente de enumerar temas, porque una persona puede acudir con asuntos relacionados con su trabajo, sus decisiones, sus relaciones o sus proyectos sin que esos temas definan por sí mismos la naturaleza de la intervención.


El asunto del que se habla no determina la disciplina. Lo decisivo es qué aspecto de la realidad humana se aborda, desde qué marco se comprende y mediante qué forma de intervención se trabaja.


A partir de ahí pueden establecerse límites. Una disciplina necesita saber no solo qué hace, sino también qué no le corresponde hacer. Delimitar no significa reducir su valor, sino precisar su competencia, evitar invasiones y permitir que tanto el profesional como la persona que solicita sus servicios sepan qué pueden esperar de ella.


La teoría, el objeto y los límites no son añadidos académicos destinados a complicar una práctica que ya funciona. Constituyen las condiciones necesarias para que esa práctica pueda explicarse, evaluarse y distinguirse de otras.


Del reconocimiento social al criterio profesional


Una práctica extendida puede contar con personas muy experimentadas y producir resultados valiosos. Reconocerlo no obliga a atribuirle automáticamente consistencia disciplinar. La utilidad de una intervención y la fundamentación del campo al que pertenece son cuestiones relacionadas, pero no equivalentes.


Un profesional puede obtener un buen resultado por experiencia, intuición o capacidad personal sin saber explicar con claridad qué hizo, por qué lo hizo y en qué condiciones sería pertinente repetirlo. El problema aparece cuando ese resultado particular se transforma en modelo general y comienza a enseñarse como si la experiencia individual constituyera por sí sola una prueba suficiente.


Sin un marco que permita interpretar la práctica, el criterio profesional corre el riesgo de reducirse a la reproducción de herramientas. Se aprende qué pregunta formular, qué estructura seguir o qué técnica aplicar, pero no siempre se comprende qué supuesto sostiene esa intervención ni qué consecuencias puede tener dentro de una conversación concreta.


La disciplina comienza precisamente donde la repetición deja de ser suficiente, comienza cuando la práctica puede someterse a examen, explicar su lógica y reconocer sus propios límites. En ese momento, el profesional ya no actúa solo porque una técnica aparece en un manual o porque una escuela la enseña, sino porque comprende qué función cumple y puede valorar si resulta pertinente en esa situación.


Una pregunta que no puede seguir aplazándose


El coaching ha alcanzado suficiente difusión como para que esta cuestión ya no pueda considerarse secundaria. Su reconocimiento social, la cantidad de programas formativos y la variedad de modalidades muestran la extensión del fenómeno, pero no responden todavía a la pregunta decisiva:


¿Qué conocimiento propio permite comprender y ordenar su práctica?


Responder no consiste en escoger la definición más popular, ni en reunir todo cuanto históricamente ha recibido el nombre de coaching. Exige identificar una teoría capaz de explicar qué se hace, delimitar el objeto sobre el que se interviene, establecer los límites de la actuación y fundamentar una práctica profesional coherente.


Hasta que esta pregunta no se sitúa en el centro, la popularidad puede seguir ofreciendo una apariencia de solidez, pero no puede sustituir el trabajo intelectual que requiere la construcción de una disciplina.


Porque una práctica no se convierte en disciplina al repetirse muchas veces. Se convierte en disciplina cuando puede comprenderse, fundamentarse, delimitarse y someterse a revisión desde un criterio que vaya más allá de su propia difusión.


Concha Castelló -Coach-


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