La Neurociencia como salvavidas del coaching
Cuando el coaching se siente cuestionado, cuando se habla de intrusismo, de confusión, de mezcla de enfoques y de falta de criterio, siempre hay un movimiento. Ahora aparece la neurociencia como salvavidas y entiendo la tentación porque suena seria, suena científica y parece aportar una legitimidad rápida.
El problema es que un salvavidas no arregla el barco, solo evita que se hunda del todo y si no se repara lo que falla, acabas dependiendo de él para todo. Con el tiempo, el salvavidas termina sustituyendo a la pregunta importante que es bastante menos vistosa pero mucho más decisiva, ¿qué es exactamente lo que hacemos cuando decimos “coaching”?.
En paralelo a esta “solución” aparece otra palabra que se repite como un mantra, las métricas.
“Necesitamos métricas para validar lo que hacemos”. También aquí entiendo el impulso.
El sector está desbordado, hay demasiada oferta, demasiadas promesas, demasiada confusión y una sensación general de que cualquier cosa puede llamarse coaching. En ese contexto, medir tranquiliza. Un número parece una prueba, un indicador parece un criterio y sin embargo, medir no es lo mismo que tener método.
Además hay otra trampa que no se dice lo suficiente. Muchas métricas en coaching no son métricas en sentido estricto, son valoraciones, estimaciones e interpretaciones subjetivas disfrazadas de números.
Se puntúa del 1 al 10 el “bienestar”, la “claridad”, la “motivación”, la “confianza” y se presenta como validación cuando en realidad lo que tenemos es una opinión cuantificada, influida por el estado del día, por el contexto, por el deseo de quedar bien, por el sesgo del propio coachee o por el del coach.
Es entonces cuando surge una pregunta inevitable, ¿eso aporta validez real, o solo produce una apariencia de rigor? porque si el fundamento empírico que se invoca es el mismo que se usa en muchos contextos psicológicos, basado también en autoinformes y escalas subjetivas, el problema no desaparece, solo cambia de nombre.
No estoy diciendo que esos instrumentos no tengan utilidad en su ámbito, me refiero a algo más simple y es que no convierten una práctica en rigurosa por sí solos y menos aún cuando se aplican sin un método claramente delimitado y sin criterios claros de interpretación. Sin base, el número no valida, solo decora.
En ese escenario, es cuando se pretende que entre la neurociencia como el paso siguiente, casi como un argumento definitivo. Si suena científico, parece que ya hay rigor, pero la neurociencia no es una metodología operativa de coaching. No te dice cómo intervenir en conversación sin sustituir al otro. No te da, por sí sola, un criterio de demarcación, ni una forma coherente de evaluar la calidad de la intervención; lo que sí puede aportar es conocimiento sobre límites humanos normales y sobre condiciones que facilitan o dificultan pensar con claridad y esa diferencia es crucial.
Cuando se usa en la praxis con esa etiqueta, la neurociencia suele entrar en forma de explicación rápida: “tu cerebro hace esto, por eso te pasa aquello, es tu amígdala, la dopamina, es tu sistema nervioso, son tus sesgos”, etc.
Puede sonar convincente, puede dar tranquilidad, pero desplaza algo esencial. La persona deja de mirarse con más claridad y empieza a adoptar un relato externo. Aunque no haya órdenes, la dirección se cuela porque el coachee se apoya en la autoridad del marco y no en su propio criterio. Y eso, en una práctica no directiva, es un problema serio, porque la esencia del coaching no es entregar explicaciones, sino favorecer reflexión interna y claridad propia.
Aquí entra otra cuestión que pocas veces se dice con claridad: el mundo del coaching está lleno de psicólogos. Esto no es un juicio moral ni una crítica personal, es una constatación. Y no es un problema que haya psicólogos, el problema aparece cuando, por querer “validar” o por querer “cientifizar”, se mezclan funciones sin delimitación. Se normaliza interpretar, se introducen etiquetas, se explican estados internos como si fueran evidentes, se importan herramientas que pertenecen a otros ámbitos y todo queda bajo el paraguas de “coaching” porque suena moderno y porque además, parece medible. El resultado es una contradicción.
Se busca rigor y lo que crece es la confusión, porque cuanto más se mezcla, menos se entiende qué es coaching y qué no lo es.
Este es el punto donde, para mí, se ve la trampa completa. Si las métricas se usan para “validar”, pero lo que se está midiendo es la aplicación de conceptos psicológicos o la adhesión a un relato explicativo, entonces el coaching no se está ordenando, se está psicologizando sin decirlo. Y eso no solo no resuelve el problema de intrusismo, sino que lo amplifica porque ya no se sabe qué función se está ejerciendo, desde qué límites, ni con qué responsabilidad profesional.
A mí me interesa lo contrario.
Me interesa que el coachee conserve su criterio, que la claridad sea propia y que la reflexión ocurra desde dentro, no por adopción de una explicación prestada. Me interesa que el aprendizaje quede incorporado, también de forma tácita, en la manera de observar y decidir. Y para eso no hace falta acumular capas, hace falta un suelo.
Primero delimitar qué es coaching y qué no lo es, después sostener un método que no sustituya al otro y solo entonces, si conviene, utilizar conocimientos de apoyo para cuidar condiciones, no para explicar o aplicar a personas.
Porque sí, la neurociencia puede entrar de una manera limpia, pero no como fundamento del coaching ni como etiqueta de autoridad. Puede entrar como soporte para cuidar condiciones como la atención, la carga mental, la fatiga decisional, el estrés, el ritmo y el contexto. Es decir, no usarla para definir al coachee, sino para diseñar mejor el marco de conversación y acción sin sustituir criterio. Ese uso es humilde, pero útil. No convierte el coaching en “más científico” por decreto, pero evita errores básicos y ayuda a sostener conversaciones con más cuidado.
Por eso desconfío cuando veo que el “rigor” se busca por acumulación, con más métricas, más neuro, más etiquetas, más mezcla.
La profesión no se ordena añadiendo cosas. Se ordena poniendo límites y sosteniendo coherencia. Si no, lo único que conseguimos es lo contrario de lo que decimos querer, menos comprensión, menos rigor y más confusión, pero con apariencia de seriedad.
Si el coaching quiere carácter y quiere futuro, no lo va a conseguir con barnices. Lo va a conseguir cuando sea capaz de decir con claridad qué es, qué no es y cómo se practica sin sustituir el criterio de la persona. Y a partir de ahí, cualquier conocimiento que se incorpore debería entrar como apoyo a una práctica ya ordenada, no como salvavidas de una práctica indefinida.
Concha Castelló - Coach
Docente en Neurociencias aplicadas a la Educación y el Liderazgo
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