La popularidad no funda una disciplina
No deja de ser revelador que, en un campo tan dado a la mezcla, al préstamo conceptual y a la elasticidad de sus propios límites, una teoría que introduce delimitación, fundamento y método sea recibida con resistencia, simplificación o desprestigio.
La Teoría General del Coaching (TGC) no añade una voz más al ruido del sector: enmarca el coaching desde su marco histórico, sus fundamentos científicos y su metodología operativa. Y precisamente es eso lo que incomoda tanto a quienes llevan años sustituyendo el rigor por la escenificación del fundamento.
Hay momentos en los que un campo queda retratado no por lo mejor que produce, sino por la forma en que reacciona cuando aparece algo que le obliga a mirarse de frente y eso, en buena medida, es lo que ocurre con la Teoría General del Coaching, porque no estamos hablando de una ocurrencia más, ni de un eslogan de escuela, ni de una variante dentro del mercado de las formaciones, sino de una Tesis Doctoral que introduce algo que el sector llevaba demasiado tiempo sin resolver con seriedad: el enmarque del coaching desde su marco histórico, sus fundamentos científicos y su metodología operativa.
Eso no es una aportación menor. Eso cambia el nivel del debate.
Quizá precisamente por eso resulta tan significativo que en lugar de recibir la atención que debía merecer, la Teoría General del Coaching haya sido en no pocos entornos reducida, simplificada, mal leída o directamente desprestigiada.
Seguramente porque cuando una propuesta obliga a delimitar con rigor lo que otros han preferido mantener en una ambigüedad rentable, la reacción no siempre es el estudio, ni la confrontación honesta, ni la discusión seria; es más fácil minimizarla, rebajarla, tratarla como si fuera una opinión más dentro del ruido general del sector y ahí es donde el problema deja de ser solo intelectual y empieza a volverse también revelador.
Reducir la Teoría General del Coaching no la rebaja a ella. Lo que pone en evidencia, más bien, es la fragilidad del campo que necesita hacerlo.
Durante demasiado tiempo, una parte considerable del coaching contemporáneo ha vivido de una inflación del nombre sin equivalente rigor en el fundamento. Ha bastado con que una práctica sonara conversacional, movilizadora, inspiradora o transformadora para que pudiera entrar bajo la gran carpa del coaching. De ahí que para sostener esa amplitud, el sector haya recurrido con frecuencia a relatos sobre el origen, a préstamos conceptuales, mezclas de autores, metáforas cómodas y justificaciones de apariencia respetable, pero conceptualmente muy pobres.
Ahí está, por ejemplo, esa insistencia en la historia del carruaje húngaro "Kocs", en el traslado de un punto A a un punto B, en la anécdota etimológica convertida en supuesto fundamento. La imagen puede ser simpática, incluso útil como metáfora, pero no constituye un marco teórico, no fundamenta una disciplina, no delimita su objeto, no establece su método ni aclara sus límites. Apenas ofrece una narración pintoresca a la que el sector se ha aferrado demasiadas veces como si con eso pudiera dar por resuelto el problema de identidad.
Y cuando esa narración ya no basta, aparece el siguiente recurso para añadir prestigio. Si conviene sonar psicológico, se psicologiza, si conviene sonar neurocientífico, se neurologiza y si conviene sonar filosófico, se invoca ahora el método socrático, casi como si bastara con traer a Sócrates al decorado para aparentar que hay método.
Pero no. Nombrar no equivale a fundamentar.
No es lo mismo mencionar el método socrático que sostener una arquitectura metodológica. No es lo mismo apoyarse en una etimología que construir un marco histórico. No es lo mismo reunir referencias dispersas que formular fundamentos científicos. No es lo mismo añadir vocabulario prestigioso que operar con coherencia metodológica. Y ahí es exactamente donde la Teoría General del Coaching introduce una diferencia de nivel que el sector no puede digerir con facilidad.
La TGC no se limita a recoger lo que se llamó coaching. no inventa simplemente los usos históricos del término, ni compone un escaparate de influencias dispares, ni ordena una colección de prácticas heterogéneas bajo una etiqueta común. Lo que hace es bastante más serio y por ello mismo, bastante más incómodo, someter ese campo disperso a una labor de depuración, delimitación y fundamentación.
No se conforma con decir “esto fue llamado coaching”; entra en la cuestión decisiva, bajo qué criterio puede sostenerse el coaching en sentido propio, cuál es su objeto, desde qué fundamentos puede legitimarse y con qué metodología puede operar sin traicionarse.
Ahí está el hito.
No es solo un hito teórico en abstracto. Es un hito histórico y metodológico porque reorganiza el campo. Lo obliga a dejar de vivir de la inflación semántica del término, lo obliga a distinguir entre relato y fundamento, entre metáfora y marco, entre mezcla y método, entre préstamo conceptual y estructura propia. Y eso, naturalmente, incomoda a quienes han hecho carrera dentro de un ecosistema donde casi todo podía entrar con tal de que sonara bien, vendiera bien o se revistiera de una autoridad ajena.
La Teoría General del Coaching, además, no aparece como una voz improvisada ni como una ocurrencia de mercado.
Fue presentada en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid y obtuvo la calificación de Sobresaliente Cum Laude. Ese dato no sustituye la discusión de su contenido, pero sí eleva de forma clara el plano en el que debe ser tratada. Se la podrá estudiar, discutir, confrontar o incluso discrepar de ella, pero no se la puede despachar honestamente como si fuera una formulación ligera o una opinión más dentro del paisaje del coaching contemporáneo.
Y, sin embargo, eso es precisamente lo que algunos intentan hacer.
¿Por qué?. Porque la TGC no añade confusión al campo sino que la reduce, no añade elasticidad, la recorta; no amplía indefinidamente el perímetro del coaching, lo delimita. Tampoco lo disuelve en psicología, ni en neurociencia, ni en pedagogía motivacional, ni en consultoría emocional, ni en espiritualidad de consumo... simplemente lo devuelve a su especificidad y cuando una teoría hace eso, deja en evidencia a todo aquello que ha prosperado justamente en ausencia de esa claridad.
Ese es el fondo del asunto. No se intenta reducir la TGC porque sea irrelevante, sino porque obliga a poner en cuestión demasiadas cosas a la vez: obliga a revisar la ligereza con la que se ha llamado coaching a prácticas muy distintas entre sí, obliga a revisar la facilidad con la que el sector ha confundido difusión con legitimidad, obliga a revisar el uso decorativo de referencias filosóficas, psicológicas o neurocientíficas que se incorporan más para parecer serios que para sostener una verdadera coherencia metodológica y obliga, en suma, a preguntarse cuánto fundamento hay realmente detrás de la autoridad aparente de muchas corrientes dominantes.
Y ahí la escena se vuelve bastante incómoda.
Una parte importante del sector no se ha levantado sobre una arquitectura fuerte de pensamiento, más bien sobre una combinación de certificación, formación práctica, lenguaje seductor, mezcla de influencias y legitimación mutua.
En muchos casos, el coach se produce más por circuito formativo que por fundamentación rigurosa, por acreditación que por estudio, por marca escuela que por delimitación seria del objeto y eso deja al campo en una situación muy frágil en el que hay mucha expansión, mucha presencia, mucha conversación y muy poco fundamento que sea capaz de sostener el peso de una disciplina que quiera tomarse en serio a sí misma.
Por eso el recurso al prestigio prestado resulta tan frecuente. Si no hay suficiente claridad interna, se busca legitimidad fuera. Unas veces en la psicología, otras en la neurociencia, otras en la filosofía usada a retales, otras en el liderazgo, otras en cualquier lenguaje que otorgue aire de sofisticación. El patrón siempre es parecido: recubrir de autoridad aquello que no termina de sostenerse con nitidez desde dentro.
La TGC rompe con esa lógica porque no necesita disfrazarse de otra cosa. Su fuerza está en haber hecho el trabajo que otros evitaron. El trabajo de reconstruir el marco histórico, establecer fundamentos científicos. formular una metodología operativa propia y coherente, además del trabajo ingrato, difícil y poco comercial de delimitar.
Delimitar, por supuesto que tiene un precio, porque donde se delimitan las cosas, ya no todo vale. Ya no se puede seguir confundiendo coaching con cualquier conversación de ayuda, no basta con hablar de cambio, de acompañamiento o de conciencia para dar por supuesto que estamos ante coaching. Ya no es posible sostener con tanta comodidad el totum revolutum en el que durante años han convivido intervención, consejo, influencia, psicologización, emocionalismo y técnicas de procedencia múltiple bajo una misma etiqueta.
De ahí que la reacción frente a la TGC no sea casual. Es el síntoma de algo más profundo, el de una tendencia que al no poder igualar el nivel de delimitación, intenta rebajar aquello que la deja en evidencia. Es el síntoma de un sector que soporta mejor la mezcla que el criterio, mejor el prestigio aparente que el fundamento, mejor la expansión del nombre que la precisión del concepto.
Eso explica también la mala fe que a veces se respira cuando se la trata porque una cosa es no haberla estudiado bien y otra muy distinta, es empeñarse en reducirla a una propuesta más, o caricaturizarla, o situarla al mismo nivel que relatos, metáforas o corrientes de moda que jamás han realizado un trabajo comparable.
Ahí ya no estamos solo ante ignorancia y empieza a aparecer algo más incómodo, la resistencia a aceptar que el coaching no puede seguir viviendo indefinidamente de relatos legitimadores, de orígenes pintorescos y de autoridades aparentes si quiere aspirar a un estatuto serio.
La Teoría General del Coaching obliga a elevar el nivel.
Y no todo el mundo está dispuesto a eso.
Obliga a distinguir entre la historia de una palabra y la fundamentación de una práctica, entre préstamo conceptual y arquitectura metodológica, entre autoridad aparente y consistencia real. Obliga, en definitiva, a reconocer que no es lo mismo sumar referencias que construir fundamento.
Por eso su relevancia no debería medirse por el aplauso o la incomodidad que genere en el sector sino por aquello que introduce que es mucho: introduce un marco histórico allí donde había anécdota, fundamentos científicos allí donde había mezcla, metodología operativa allí donde había repertorio disperso, criterio allí donde había inflación del término y estructura allí donde había demasiada improvisación disfrazada de riqueza.
Eso no convierte a la TGC en un dogma. La convierte en un punto de inflexión.
Precisamente por eso, reducirla o desprestigiarla no es un gesto menor. Es la confesión involuntaria de un campo que todavía no soporta bien el espejo que se le ha puesto delante porque cuando aparece una Teoría que obliga a ordenar, depurar y delimitar, ya no basta con seguir viviendo del decorado.
La Teoría General del Coaching no necesita ser protegida por retórica emocional. Necesita, simplemente, ser tratada a la altura de lo que representa y lo que representa es mucho más que una corriente entre otras, representa el momento en que el coaching deja de sostenerse solo en relatos, influencias y usos dispersos y empieza a ser pensado desde un marco histórico, unos fundamentos científicos y una metodología operativa.
Quien quiera discutir eso, que lo discuta.
Pero hacerlo desde la reducción, la caricatura o el desprestigio no rebaja la Teoría General del Coaching. Lo que sí se rebaja, en todo caso, es el nivel de quienes, incapaces de responder al rigor con rigor, solo aciertan a reaccionar con ruido, con recelo o con autoridad aparente.
C. Castelló - Coach

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