Entre la no directividad, el espanto y el "principio de rara avis"


La historia de cómo llegué al coaching, de lo que fui encontrando por el camino y por qué sigo pensando que no todo lo que se vende como coaching merece llamarse así

    

    La primera vez que escuché la palabra coaching fue allá por el año 2012. Diríamos que por casualidad, aunque no creo mucho en ellas. Una amiga psicóloga me comentó que desde Madrid venía una chica a impartir una formación de coaching, siempre que hubiera un quorum suficiente para que compensara económicamente el traslado y la estancia. Podéis imaginar el final, evidentemente no llegó a realizarse por falta de alumnos.

  Aquel primer contacto quedó suspendido en el aire, como quedan algunas cosas que al principio parecen anecdóticas pero después, con el tiempo, descubres que habían dejado una huella. No me puse a buscar desesperadamente qué era aquello, ni me lancé a construir una nueva identidad profesional a golpe de entusiasmo, simplemente se quedó ahí la palabra, la curiosidad y la sensación de que quizá había algo por descubrir.

 Dos años después, de manera completamente improvisada, acepté asistir a una presentación que iban a hacer unos conocidos. El tema me hizo no dudar demasiado: Coaching Humanista. Allí estuve y en ese momento me di cuenta de que algo resonaba internamente en mí. No fue una revelación con trompetas celestiales ni una de esas escenas que luego quedan estupendas en una biografía profesional, fue más sencillo y más serio que todo eso, algo de aquella forma de situarse ante la persona me tocó por dentro.

  Comencé la formación y durante diez meses asistí a clases teóricas con un grupo de formadores excelente, no solo por el acopio de conocimientos que cada uno tenía sobre su materia, sino también por su calidad humana. Después de la parte teórica hicimos prácticas supervisadas y una vez presentadas y evaluadas, recibimos la certificación. El curso incluía un módulo de coaching empresarial, varias lecturas y trabajos, un recorrido amplio y necesario para integrar conocimientos nuevos y empezar a profesionalizar una práctica que no podía tomarse a la ligera, aunque después el mercado se haya encargado de demostrar una habilidad pasmosa para aligerarlo todo.

   Una vez finalizado el periodo de certificación, seguí haciendo procesos personales con base en la no directividad que era el fundamento esencial del coaching humanista-europeo. Dicho de forma sencilla, la no directividad no consistía en dejar a la persona hablando sola mientras una asentía con cara de profundidad. Consistía en no ocupar su lugar, no dirigirle la vida, no interpretar por ella, no meterle nuestras soluciones por la puerta de atrás y no convertir la conversación en una excusa para que el profesional se luzca.

  A mí aquello me parecía esencial, por eso, poco tiempo después empecé a buscar más información sobre esta corriente y ahí llegó mi primera sorpresa seria, apenas encontré referencias.

  Me resultaba extraño que aquello que para mí había sido la puerta de entrada al coaching apareciera casi como una nota al margen, como si el coaching humanista-europeo no directivo hubiera pasado por la historia con la discreción de quien hace su trabajo, recoge la mesa y se marcha sin reclamar aplausos.

 Al margen de todo ello, seguí formándome: Neurociencias aplicadas a la educación, neurociencias aplicadas al liderazgo, Funciones Ejecutivas, PNL... y todo aquello que en ese momento pudiera ayudarme a comprender mejor el comportamiento humano, un tema que llevaba años observando con interés sin haber llegado a profundizar como yo quería. 

  En una etapa anterior incluso me planteé estudiar Psicología y por circunstancias que no vienen al caso mencionar no pude hacerlo. Hoy, sinceramente, casi me alegro.

  Lo digo con respeto, pero también con la ceja levantada. Vista la evolución ecléctica de una parte de la disciplina y la manera en que algunos ámbitos han adoptado también el coaching como otra herramienta más dentro del repertorio general de “cosas que sirven para ayudar”, me da la impresión de que se ha construido otro cajón de sastre bastante aparente, lleno de recursos que valen para todo sin que siempre sepamos muy bien qué arreglan, qué estropean o qué dejan exactamente igual pero con mejor presentación.

  Volviendo al coaching, hacia el año 2017 ya estaba en contacto con otros coaches, la mayoría de Latinoamérica y ahí empezó otra película. Me hablaron de coaching pragmático, transformacional y ontológico, mientras yo iba buscando información sobre esas corrientes para entender sus entresijos. Cuanto más conocía, más me sorprendía.

  No era la sorpresa normal de quien descubre que existen enfoques distintos, eso sería comprensible. Lo llamativo era comprobar hasta qué punto propuestas que se llamaban igual podían tener tan poco en común; en unas el coach parecía un motivador con agenda, en otras, un intérprete del lenguaje con vocación de revelador, en otras una especie de guía de transformación personal que rozaba terrenos bastante delicados y en muchas, una mezcla de conceptos, técnicas, frases solemnes y promesas más o menos brillantes, todo ello presentado bajo el mismo cartel, COACHING.

  Por aquel entonces tuve conversaciones de todo tipo, algunas interesantes, otras dignas de archivo histórico. Con un colega de México, hablando precisamente del coaching transformacional, acabamos comentando esas prácticas que a mí me resultaban extrañísimas: estructuras piramidales, reuniones grupales para motivar y dar seguridad, exposiciones públicas para que espabiles o para que te dé un síncope, según el día y todo ese folclore de pruebas impactantes que se venden como experiencias transformadoras.

  También he probado alguna de esas versiones, porque una tiene curiosidad y a veces la curiosidad sale cara. Algo en la línea de “clávate voluntariamente una flecha en el cuello y si no mueres en el intento, sales fuerte como un roble”. Muy edificante todo. Lo siguiente, supongo, sería lanzarse por un barranco con una libreta de objetivos y llamar a eso liderazgo interior.

   En medio de ese ambiente, a mi colega mexicano y a mí se nos ocurrió la feliz idea de hacer una prueba: publicamos la apertura de un taller llamado Querubicoaching. Sí, "Querubicoaching, Aprende a hacer coaching con querubines" e hicimos un flyer con angelitos y anunciamos fecha de inicio. Lo planteamos como una broma para comprobar hasta dónde podía llegar la cosa y apostamos cuánto tiempo pasaría hasta que alguien preguntara cómo inscribirse.

Calculamos mal.

   Pensamos que al menos transcurrirían veinticuatro horas, en realidad fueron dos minutos. En ese tiempo se interesaron tres personas.

   Esta anécdota puede dar risa y la da, pero conviene dejarla reposar un poco porque detrás del disparate había algo bastante más serio: bastaba con envolver cualquier ocurrencia en una estética amable, ponerle un nombre llamativo y añadirle el sufijo coaching para que alguien quisiera apuntarse. No preguntaban qué era, de dónde salía, qué se trabajaba, quién lo sostenía ni qué demonios significaba hacer coaching con querubines. Se interesaban, sin más.

   Ahí empecé a entender que el problema no era solo la confusión entre corrientes, era también el hambre de promesas, la fascinación por lo raro, la comodidad de las fórmulas con envoltorio bonito y esa facilidad tan humana, demasiado humana, para querer creer que hay un método nuevo que por fin nos va a arreglar la vida sin pasar por el incómodo trámite de comprender qué estamos haciendo con ella.

  Hasta que un día me encontré con un libro que para mí fue revelador: "Arte y ciencia del coaching", de Leonardo Ravier. Fue revelador y sobre todo tranquilizador porque de pronto, alguien ponía orden donde yo llevaba tiempo viendo piezas sueltas, saltos lógicos y mucho entusiasmo con poco sustento sólido. Analizando cada propuesta de coaching, podía verse que poco o casi nada tenían realmente en común y aquello, lejos de inquietarme, me calmó. No era que yo estuviera volviéndome demasiado tiquismiquis, sino que el asunto tenía bastante más miga de la que muchos estaban dispuestos a reconocer.

  En 2018, junto a otros colegas que había ido conociendo y que por cierto se sobresaltaban cuando les hablaba del coaching humanista no directivo, decidí abrir mi propia escuela de coaching. Me preguntaban, “¿eso qué es?” y yo pensaba que quizá estaba hablando de algo razonablemente conocido...¡pues no! para algunos era casi como haber encontrado un extraterrestre en su panadería habitual.

   Como anécdota, un colega de Colombia me propuso un trueque: yo lo formaba en coaching humanista y él me formaba a mí en coaching ontológico. Era una oferta aparentemente irresistible, así que acepté. Me empapé de la Ontología del lenguaje, leí, escuché, miré, intenté comprender el marco desde dentro y me tomé en serio aquello que el otro me proponía. Para mi espanto, sí, pero me lo tomé en serio.

  Lo curioso vino después. Cuando llegó el momento de que él aprendiera coaching humanista, no tuvo tiempo.

  Y esta pequeña escena, que podría parecer una simple falta de agenda, para mí decía bastante, porque yo sí había entrado en el marco del otro, incluso cuando me chirriaba, incluso cuando algunas formulaciones me parecían más solemnes que consistentes, pero cuando tocaba mirar la no directividad, entonces no había tiempo. ¡Qué casualidad!. Aunque, como ya he dicho, no creo mucho en ellas.

   Mi finalidad al formar coaches no era solo dar a conocer la no directividad, quería trabajar con procesos, con acuerdos previos de confidencialidad, con no transferencia, con preguntas adecuadas, con el método GROW y con la elaboración de informes, es decir, con cuestiones que yo daba por usuales para cualquier coach mínimamente formado y que descubrí, no sin cierto pasmo, que para muchos eran casi una novedad arqueológica.

   La no transferencia, por ejemplo, no era un adorno conceptual. Significaba algo muy concreto, no pasarle al cliente nuestra manera de ver el mundo, nuestras soluciones favoritas, nuestras interpretaciones, nuestras ganas de arreglarle la vida o nuestra necesidad de sentirnos útiles. Parece básico, debería serlo pero en la práctica descubrí que había mucho coach dispuesto a acompañar siempre que el acompañado caminara más o menos hacia donde al coach le parecía sensato.

  A partir de ahí todo cambió porque formar coaches no era simplemente transmitir contenidos, sino lidiar con resistencias muy visibles y ahí empecé a ver con mucha claridad la contaminación del mainstream, esa manera de entender el coaching como una mezcla de motivación, consejo elegante, psicología de bolsillo, interpretación del otro, negocio rápido y herramientas bonitas para vender mejor algo que no siempre se sabe nombrar con precisión.

  Mientras tanto, no dejé de hacer sesiones, también estuve evaluando alumnos de una escuela que me pidió colaboración, dando conferencias y masterclasses y cada vez que nombraba el coaching no directivo, algunos se espantaban. Yo hacía esfuerzos por explicar que bien entendido era precisamente el enfoque más inocuo, eficaz y ético. Inocuo porque no invade la vida del cliente, eficaz porque no lo distrae con ocurrencias ajenas y ético porque no convierte la ayuda en una colonización con sonrisa.

  No siempre era fácil porque había que explicar demasiado lo que, en mi cabeza, tendría que haber sido bastante evidente. Si una persona viene a hablar de su vida, de sus decisiones, de sus conflictos o de sus bloqueos, no viene para que el coach le ponga encima una teoría brillante ni para que le empuje hacia una conclusión prefabricada. Viene, aunque no siempre lo diga así, a poder mirar mejor lo que le pasa y lo que puede hacer con eso y mirar mejor no significa que otro mire por ti, se trata de que la conversación te ayude a ordenar lo suficiente como para dejar de moverte a ciegas.

  Por fin, en el año 2021, me enteré de que Leonardo Ravier presentaba su Tesis Doctoral sobre coaching en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid y que la retransmitían en directo. Ahí estaba yo, como una niña el día que le regalan su primera bicicleta y cuando lo escuché, me dije: “esto es lo que yo entiendo que es lo que tiene que ser”.

  No lo viví como quien encuentra una moda nueva a la que subirse, más bien al contrario, lo viví como quien encuentra por fin una estructura seria para algo que llevaba años intuyendo, practicando, defendiendo y a veces explicando con la sensación de estar hablando en otro idioma.

  La Teoría General del Coaching no me apareció como una etiqueta más, sino como una respuesta largamente esperada a una incomodidad que ya no podía disimular.

  A partir de ese momento paré en seco mi escuela. No hice una pausa estratégica con frase motivadora de fondo, la aparqué porque ya no podía seguir como si nada; si quería formar coaches, tenía que estudiar más, mucho más y por supuesto revisar lo que hacía, ordenar lo que enseñaba, profundizar en lo que había descubierto y asumir que algunas intuiciones necesitan tiempo para convertirse en una forma de trabajo realmente sostenida.

  La Tesis de Ravier, calificada con Sobresaliente Cum Laude, me abrió un camino de estudio que no ha sido precisamente liviano.

  Durante estos años no me he dedicado solo a leer la Teoría General del Coaching, sino a estudiarla, tratar de comprenderla, discutirla interna y externamente, ponerla en relación con mi experiencia, ver dónde confirmaba lo que ya intuía y dónde me obligaba a afinar mucho más, porque estudiar no es acumular frases.

  Estudiar de verdad a veces incomoda, te desmonta cosas, te obliga a mirar tus propios huecos y te impide volver a ciertas ligerezas con la misma tranquilidad de antes.

  Me ha llevado tiempo igual que también me ha llevado tiempo decidir continuar con mi escuela, porque cuando una comprende ciertas cosas ya no puede volver a presentar lo mismo con otro envoltorio, ni fingir que todo da igual mientras suene bien.

    Esa es la parte incómoda de tomarse algo en serio, una vez has visto lo que has visto, ya no hay vuelta atrás.

   Ahora bien y aquí conviene matizar algo importante, sí me quedaba otra, (siempre queda otra) podría haberme dejado abducir por el mainstream, por el bálsamo de Fierabrás, por los planteamientos de negocios rápidos y provechosos, por las inventadas de moda y por todo ese escaparate donde cada temporada aparece una nueva promesa de transformación con nombre sugerente y precio de lanzamiento.

  Podría haberlo hecho, claro. Podría haber vendido humo con una marca elegante, crear un método con siglas imposibles, ponerle música épica a cuatro obviedades y repetir que si no te funciona es porque no estás preparado para tu siguiente nivel.

 Seguramente a estas alturas tendría un chalet en Las Bahamas. Pero no, aquí estoy sosteniendo lo que podríamos llamar el principio de la bobería o, si queremos darle un aire más fino, el principio de rara avis.

  No lo digo desde la superioridad moral, que es otra forma bastante pesada de hacer ruido, lo digo desde la conciencia bastante clara de haber elegido un camino menos vistoso, menos rentable y menos complaciente. No porque me guste sufrir profesionalmente, aunque a veces una empiece a sospecharlo, sino porque hay cosas que no puedo vender sin traicionarme y una de ellas es llamar coaching a cualquier cosa que prometa resultados, emociones fuertes o una supuesta transformación interior sin respetar de verdad la libertad de la persona que tienes delante.

  Para mí, ser coach requiere conocimientos, por supuesto, pero también requiere algo que no siempre se puede enseñar en una formación o diapositiva y es, una cierta forma de estar ante la vida del otro, con respeto, prudencia, límite, honestidad y una capacidad muy seria para no convertir la necesidad ajena en escenario propio porque cuando alguien se sienta delante de ti y te confía una parte de su vida, de su duda, de su bloqueo o de su confusión, no te está entregando un material para que lo arregles a tu manera, está abriendo un espacio delicado que exige extremado cuidado.

  Eso es lo que he aprendido desde aquel 2012 en que escuché por primera vez la palabra coaching.

  He visto entusiasmo sincero, buenos profesionales, formadores excelentes y personas que trabajan con verdadera vocación. También he visto modas absurdas, discursos inflados, resistencias disfrazadas de profundidad, herramientas milagrosas, trueques poco recíprocos, talleres con querubines que conseguían interesados en dos minutos y demasiada facilidad para llamar coaching a cualquier cosa que se deje vender.

  Entre la comedia y el drama, una aprende. A veces a base de estudio, a base de práctica y otras veces, a base de espanto.

  Si algo me ha dejado este recorrido es una convicción bastante sencilla, aunque no siempre cómoda, no todo vale, no todo ayuda, no todo lo que suena profundo lo es, no todo lo que se vende como transformación respeta a la persona, y no todo, por mucho que se empeñen, puede llamarse coaching.

  Quizá por eso sigo aquí, sin chalet en Las Bahamas, pero con la tranquilidad de no haber convertido una profesión de ayuda en una verbena de ocurrencias.

  Que ya es algo.


Concha Castelló - Coach -

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