El coaching es un cajón de sastre
Cuando todo cabe, ya nadie sabe qué se está haciendo
En el mundo del coaching se está generando la idea de que, como cada persona llega a una sesión o proceso con una situación distinta, el profesional debería conocer varias corrientes y combinarlas según lo que cada cliente o conversación necesite. A primera vista, la propuesta puede sonar abierta, flexible e incluso prudente porque parece defender una práctica capaz de adaptarse mejor a la complejidad humana.
Dicho así, parece razonable. Cada persona llega con una historia, con una forma concreta de estar en su situación, con una tensión que quizá no sabe nombrar todavía, con una decisión que no termina de ordenar o con una dificultad para actuar de otra manera. Nadie llega al coaching como una ficha repetida dentro de un procedimiento idéntico. Hasta ahí no habría demasiado que discutir.
El problema aparece cuando de esa evidencia se extrae una conclusión que no se sostiene por sí misma: si las personas llegan con situaciones distintas, entonces el profesional debe integrar corrientes distintas para intervenir mejor. Ahí es donde la lógica empieza a romperse, porque una cosa es reconocer la diversidad de situaciones humanas y otra muy diferente es convertir esa diversidad en una justificación para mezclar marcos, lenguajes y formas de intervención que no pertenecen necesariamente al mismo orden.
Bajo la palabra “integrar” empiezan a entrar enfoques de naturaleza muy diferente: corrientes de coaching como el pragmático, el ontológico y el humanista-europeo, este último habitualmente obviado a pesar de su raíz no directiva, junto con modelos procedentes de la psicología, PNL, neurociencia, técnicas de intervención, lenguaje motivacional y todo aquello que el profesional considere útil en cada momento.
En este punto conviene detenerse, porque no es lo mismo hablar de corrientes internas del coaching que introducir disciplinas, modelos o repertorios técnicos que proceden de otros campos. La sistémica, por ejemplo, no nace como una corriente de coaching sino como un marco vinculado a otros desarrollos de la psicología y de la intervención sobre sistemas humanos. La neurociencia tampoco es una corriente de coaching. La PNL, con independencia de la valoración que cada cual haga de ella, tampoco puede colocarse sin más en el mismo plano que una corriente de coaching. Sin embargo, en muchos discursos integradores todo aparece mezclado bajo una misma promesa de amplitud, como si el hecho de juntar enfoques distintos produjera automáticamente mayor criterio.
Pero sumar no siempre es comprender.
De hecho, cuando se suma sin delimitar, lo que aparece no es necesariamente una práctica más sólida sino un cajón de sastre donde todo cabe porque nada queda suficientemente aclarado. Si todo puede llamarse coaching, también deja de estar claro qué es coaching, qué no lo es, qué límites tiene la intervención y desde qué criterio trabaja realmente el profesional. Y cuando una práctica pierde su delimitación, puede parecer más completa por fuera mientras por dentro se vuelve cada vez más difícil saber qué se está haciendo realmente.
La cuestión de fondo no es si conviene estudiar más o menos corrientes, porque estudiar nunca debería ser un problema o quizá para algunos sí. Conocer otros marcos puede ampliar la cultura profesional, permitir comprender mejor ciertos lenguajes y ayudar a distinguir prácticas distintas. El problema aparece cuando esa acumulación de enfoques se presenta como si fuera por sí misma una prueba de mayor solidez profesional, porque una cosa es conocer otros marcos y otra muy distinta es mezclarlos sin explicar qué criterio permite decidir qué se integra, por qué se integra y hasta dónde puede integrarse sin desfigurar la práctica.
Esta pregunta resulta decisiva:
¿para qué es necesario integrar corrientes si antes no se ha aclarado con precisión qué se entiende por coaching?
Porque si no hay una definición clara del objeto, del método y de los límites de la práctica, cualquier integración puede parecer válida. Hoy se toma algo del coaching ontológico, mañana algo del pragmático, después un poco de sistémica, más tarde una explicación neurocientífica, luego una técnica de PNL, después una conversación sobre creencias, propósito, regulación emocional o identidad y todo termina presentándose como coaching adaptado al cliente.
Dicho así, puede sonar personalizado e incluso puede parecer sofisticado. Sin embargo, lo que parece un traje a medida puede esconder una directividad muy clara, porque si el profesional afirma que cada proceso necesita una corriente distinta, antes tiene que hacer una lectura previa del cliente. Tiene que decidir si aquello que trae la persona “pide” propósito, estructura, regulación, creencias, identidad, sentido o acción. En cuanto hace eso, la conversación ya no empieza únicamente en lo que la persona puede ir esclareciendo sobre su propia situación, sino en la interpretación que el profesional realiza desde sus propios mapas.
Y ahí el cambio es enorme.
El profesional observa, clasifica, interpreta y decide desde qué marco conviene intervenir. Puede hacerlo con un lenguaje amable, puede hablar de acompañamiento, de flexibilidad o de adaptación al proceso, pero si previamente ha decidido qué necesita el cliente y qué corriente debe aplicar, el proceso ya ha quedado organizado por una lectura externa.
En términos sencillos, no es el proceso el que pide una corriente. Es el profesional quien interpreta el proceso desde las corrientes que ya trae consigo.
Por eso resulta tan llamativo que en muchas propuestas integradoras se incorporen con facilidad enfoques que permiten diagnosticar, interpretar, regular, orientar, intervenir sobre creencias o introducir categorías externas mientras se olvida precisamente el coaching humanista-europeo de esencia no directiva. Esa omisión no parece casual. Si de verdad se tratara de integrar para ganar amplitud, habría que preguntarse por qué queda fuera una tradición que pondría límites muy serios a la posición experta del profesional y a su tendencia a conducir el proceso desde lo que cree que el otro necesita.
La no directividad no es una decoración metodológica. No consiste en ser amable, dejar hablar o formular preguntas bonitas. Implica no sustituir el esclarecimiento de la persona por el mapa del profesional. Implica no convertir la conversación en el lugar donde el experto introduce sus categorías, sus diagnósticos encubiertos o sus preferencias metodológicas. Implica sostener una práctica donde la persona pueda comprender mejor su propia acción sin quedar sometida a la interpretación previa de quien la acompaña.
Cuando esto se pierde, la integración puede convertirse en transferencia encubierta. No necesariamente una transferencia brusca ni evidente, sino una más sutil y por eso mismo más difícil de detectar: el profesional introduce en la conversación sus categorías, sus supuestos y sus formas de leer la situación antes de que la persona haya podido esclarecer por sí misma qué está realmente en juego.
Entonces la práctica deja de estar centrada en la autonomía del cliente y empieza a organizarse desde el repertorio del profesional.
Ahí es donde el discurso de la integración muestra su punto más débil. Se presenta como una defensa de la flexibilidad, pero no explica el criterio que permite distinguir entre integrar con rigor y mezclar sin delimitación. Se presenta como una respuesta a la complejidad humana, pero termina colocando al profesional en una posición de lectura experta sobre lo que el otro necesita. Se presenta como amplitud formativa, pero puede acabar disolviendo el coaching en una combinación de psicología, consultoría, formación, técnicas conversacionales, lenguaje motivacional, neurociencia aplicada y cualquier otro recurso disponible.
Un cajón de sastre no es una disciplina más rica.
Es un espacio donde todo cabe porque nada queda suficientemente ordenado.
La diversidad humana no justifica por sí sola la heterogeneidad del método. Que una persona llegue con una situación compleja no significa que el profesional deba cambiar de marco cada vez que cree haber identificado una necesidad diferente. Significa que necesita un criterio suficientemente claro para acompañar esa complejidad sin invadirla con sus propios supuestos.
Podemos hacernos muchas preguntas, entre ellas ¿integrar corrientes hace mejor profesional a un coach?, ¿es mejor añadir corrientes heterodoxas para que nos vean más expertos?, ¿hasta qué punto sumar significa tener mejor praxis?.
Lo verdaderamente relevante no es cuántas corrientes conoce un coach, sino qué criterio sostiene su intervención, qué hace, qué no hace, qué límites respeta, qué no introduce en la conversación y cómo evita que su propia lectura ocupe el lugar del proceso de esclarecimiento de la persona.
Si ese criterio existe, entonces la solidez no está en acumular corrientes sino en saber ordenar la práctica sin desfigurarla. Si ese criterio no existe, la integración puede ser solo eclecticismo con buena presentación.
Conviene decirlo con claridad porque el discurso integrador resulta muy seductor para un mercado que vive instalado en la indefinición.
Parece más completo quien dice manejar muchos enfoques. Parece más preparado quien promete adaptarse a cualquier situación. Parece más sólido quien acumula nombres, técnicas y referencias. Pero la solidez profesional no se mide por la cantidad de elementos que se pueden meter dentro del mismo saco, sino por la capacidad de distinguir qué pertenece realmente a la práctica y qué la convierte en otra cosa.
Distinguir no empobrece el coaching, al contrario, lo protege de convertirse en una mezcla indefinida de ayudas bienintencionadas, de quedar absorbido por la psicología cuando el profesional empieza a diagnosticar necesidades internas, de confundirse con consultoría cuando la conversación se orienta hacia soluciones diseñadas desde fuera o de parecer formación cuando el profesional empieza a enseñar lo que considera conveniente. También lo protege de esa falsa amplitud donde todo se integra sin explicar desde qué criterio se integra.
En el fondo, la cuestión es bastante sencilla.
Si todo cabe dentro del coaching, el coaching empieza a no significar nada.
Y si para parecer más completo necesita tomar prestado de todas partes sin aclarar qué sostiene su práctica, quizá el problema no sea que le falten corrientes.
Quizá el problema sea que le falta criterio.
El cajón de sastre siempre tiene una ventaja aparente y es que parece muy completo. El problema es que cuando todo cabe, ya nadie sabe qué se está haciendo realmente.
Concha Castelló - Coach
*Hace años me formé en todas las corrientes y disciplinas citadas en el artículo, por tanto tengo la capacidad suficiente para establecer las diferencias entre ellas, sus fundamentos y formas de intrevención.

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