El cambio no empieza por donde crees
Hay una idea bastante extendida que conviene desmontar cuanto antes y es que el cambio no empieza cuando alguien decide cambiar, ni cuando aparece la motivación, ni siquiera cuando uno tiene la sensación de haberlo visto claro por fin. En realidad, la mayoría de las personas no cambia porque quiera mejorar, sino cuando ya no puede seguir sosteniendo lo que hace y ese matiz, lejos de ser menor, señala el verdadero punto de partida.
Se ha instalado la idea de que cambiar es un acto casi voluntario, una decisión consciente que surge en un momento de claridad, como si bastara con sentarse, evaluar la propia vida y dar un paso en otra dirección.
Sin embargo, la experiencia desmiente esa imagen con bastante crudeza porque la gente ve, sabe e incluso reconoce que algo no encaja y aun así continúa. Continúa en el mismo lugar, haciendo lo mismo y sosteniendo situaciones que han dejado de tener sentido, no por falta de inteligencia o de voluntad, sino porque el cambio no compite únicamente contra la ignorancia, sino contra algo más sólido que es la capacidad de seguir sosteniendo lo que ya no funciona.
Mientras esa capacidad se mantiene, aunque cueste, aunque desgaste o aunque incomode, el cambio difícilmente llega.
No basta con que algo moleste, ni con que haya incomodidad o incluso sufrimiento; hace falta que se produzca un desplazamiento más profundo, algo que no se resuelve con un momento de lucidez ni con una conversación inspiradora. En algún momento aparece un desajuste que ya no se puede tapar con facilidad, una fractura de sentido que empieza a filtrarse en todo y lo que antes servía para explicarse deja de sostener la propia experiencia.
Lo que uno hace deja de encajar incluso consigo mismo y lo que durante tiempo pudo justificarse empieza a sonar vacío, incluso cuando se repite en voz alta, como si la propia explicación se hubiera quedado sin suelo.
En ese punto, más que romperse una circunstancia concreta, se resquebraja la historia que permitía permanecer ahí. Mientras esa historia funciona, siempre hay margen para justificar, posponer o reinterpretar lo que ocurre, porque la mente es especialmente hábil cuando se trata de conservar la continuidad. Sin embargo, cuando esa historia pierde fuerza, la continuidad deja de apoyarse en algo firme y aparece una incomodidad distinta, menos ruidosa y más difícil de esquivar.
No es que de pronto todo esté claro, sino que ya no resulta posible seguir creyéndose lo mismo con la misma tranquilidad y ahí es donde empieza a moverse algo que ya no depende tanto de una decisión explícita como de una pérdida de sostén interno.
Conviene añadir un matiz que suele pasarse por alto.
El cambio no se produce solo por lo que ocurre, sino por cómo deja de poder sostenerse lo que uno hace con lo que piensa sobre ello. No es únicamente la situación la que se vuelve insostenible, sino la forma en que se sigue interpretando para poder permanecer en ella.
Mientras esa interpretación aguanta, la continuidad se mantiene; cuando empieza a fallar, el margen para seguir igual se estrecha de forma considerable.
A partir de ahí, el cambio deja de ser una idea atractiva y empieza a convertirse en una posibilidad incómoda que no termina de concretarse. Muchas personas se quedan en ese punto durante más tiempo del que les gustaría reconocer, oscilando entre lo que ya no pueden sostener del todo y lo que todavía no están dispuestas a atravesar.
Se genera entonces una especie de tierra de nadie en la que lo anterior ya no convence y lo nuevo todavía no se construye y esa tensión explica en gran medida por qué el cambio no se produce con la facilidad con la que suele presentarse en los discursos más simplificados.
Ahora bien, incluso en ese momento, el cambio no es inmediato. Muchas personas siguen sin cambiar y esto conviene entenderlo sin recurrir a explicaciones simplistas.
No siempre se trata de incapacidad; en muchos casos, la persona todavía puede sostener su situación. Puede hacerlo porque lo conocido, aunque no funcione, ofrece una cierta estabilidad y porque cambiar no implica solo mejorar, sino también desordenar lo que, de alguna manera, estaba organizado. Lo que se sostiene no es únicamente una conducta, sino una forma de entenderse, una identidad, un equilibrio interno que, aun siendo precario, cumple una función que no se abandona sin más.
Desde ahí se entiende mejor algo que suele resultar incómodo. A veces no se cambia porque todavía compensa no hacerlo. No como cálculo consciente, sino como forma de preservar un equilibrio que si se rompe, obliga a afrontar pérdidas más profundas.
Cambiar puede implicar dejar de ser quien uno cree que es, renunciar a ciertas explicaciones y asumir que lo sostenido durante tiempo ya no se puede justificar y ese movimiento tiene un coste que no siempre se está dispuesto a asumir, aunque desde fuera parezca evidente que sería lo más razonable.
Por eso, más que surgir de un impulso motivador, el cambio suele aparecer cuando se agota la posibilidad de seguir sosteniendo la situación anterior. No llega necesariamente con entusiasmo, ni con una claridad luminosa, sino con una especie de cansancio lúcido en el que lo que antes servía deja de hacerlo y en el que la continuidad empieza a exigir un nivel de incoherencia difícil de tolerar. En ese momento, la decisión no aparece como un gesto heroico, sino como la consecuencia de algo que ya no puede mantenerse sin un coste interno creciente.
De ahí que el cambio no empiece cuando alguien dice que quiere cambiar, sino cuando lo que hace deja de poder sostenerse incluso para sí mismo, cuando el relato que le permitía permanecer se debilita y la realidad empieza a imponerse con más peso. En ese punto, cambiar deja de ser una opción atractiva o una posibilidad entre otras y pasa a convertirse, sencillamente, en la consecuencia de no poder seguir igual.
Y quizá ahí conviene detenerse un momento, porque esa transición no siempre se reconoce como tal.
Muchas personas esperan que el cambio llegue acompañado de claridad, de dirección y de seguridad, como si antes de moverse fuera necesario tenerlo todo resuelto. Sin embargo, en la mayoría de los casos ocurre lo contrario: primero se pierde el sostén y solo después, con el tiempo, empieza a construirse algo distinto.
Pretender cambiar sin atravesar esa pérdida inicial suele ser una forma de aplazarlo, porque se sigue buscando en lo nuevo la misma estabilidad que ofrecía lo anterior, aunque ya no funcionara.
Desde una praxeología aplicada, el cambio deja de entenderse como una simple modificación de conducta o como un desplazamiento externo y empieza a verse como una posibilidad de autogestión más clara de la propia acción.
Cuando una persona comprende mejor lo que hace, desde dónde lo hace y qué sentido sostiene su modo de actuar, no solo modifica algo puntual, sino que aprende a relacionarse de otra manera con sus decisiones. Ese aprendizaje, cuando arraiga, redunda en una mayor capacidad de rendimiento humano, no entendido como presión productivista, sino como mejora real de la acción en el tiempo.
Por eso, más que preguntarse cómo cambiar, quizá habría que preguntarse desde dónde se está intentando cambiar.
Mientras la persona siga apoyándose en el mismo relato que ya no le sirve, cualquier intento tenderá a quedarse en ajuste superficial. Solo cuando ese relato deja de sostenerse de verdad aparece la posibilidad de un movimiento distinto, no porque sea más fácil, sino porque ya no hay vuelta completa a lo anterior.
El cambio, en ese sentido, no es tanto un acto de voluntad como una consecuencia de la imposibilidad de seguir sosteniendo lo mismo. Y cuando se entiende así, deja de tener ese aire de decisión limpia y se muestra más como lo que suele ser en la práctica, un proceso incómodo, a veces lento, que no empieza donde uno cree, pero que una vez empieza de verdad, difícilmente puede ignorarse sin coste.
C. Castelló - Coach

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