La falsa no directividad: cuando el coach invade con buenos modales

 


Mucha no directividad de cartel, mucha intrusión de fondo

    Una de las confusiones más repetidas cuando se habla de coaching no directivo es esta: si el coach no aconseja, no empuja, no interpreta la vida del otro, no le dice lo que le conviene y no le marca el camino, entonces no hace nada. Y dicho así, suena hasta lógico. El problema es que no lo es.

   Lo que ocurre es que estamos tan acostumbrados a una idea invasiva de la ayuda, tan acostumbrados a creer que ayudar es intervenir, corregir, orientar, aportar contenido y meter mano en la experiencia ajena... que cuando alguien no hace eso parece que se ha retirado de la escena. Como si solo trabajara el que dirige, el que opina, el que sugiere, el que reformula hasta dejar la conversación a su gusto. Como si la única forma de presencia profesional fuese ocupar espacio.

    Y no.

   No transferir no es borrarse, no es quedarse mudo, no es poner cara de escucha profunda mientras el otro habla y tú te limitas a asentir con solemnidad. Tampoco es una pose espiritual, ni es una blandura elegante, ni es una retirada estratégica para quedar bien bajo una apariencia de respeto. No es pasividad, es contención. Y la contención, cuando es real, exige más rigor del que muchos soportan. 

   Porque invadir es facilísimo. Lo difícil es no hacerlo.

   Lo fácil es escuchar dos frases y ya creer que has entendido el problema. Fácil es colar una interpretación disfrazada de pregunta, fácil es sugerir una salida para sentirte útil, fácil es meter criterio propio a la menor oportunidad y llamarlo acompañamiento. Fácil es reconducir la conversación hacia donde a ti te parece más sensato, más productivo o más maduro. Lo fácil, en el fondo, es soportar mal que el otro piense a su ritmo y entonces acelerar su proceso con el tuyo.

   Eso no es ayudar. Eso es invadir con buenos modales.

  La no directividad empieza a volverse seria cuando uno comprende que el centro del proceso no es el criterio del coach. Y ahí es donde muchos discursos se caen porque una cosa es decir que el proceso pertenece al otro y otra muy distinta actuar en coherencia con eso cuando llega el momento de escuchar de verdad, de preguntar de verdad, de no precipitar significados, de no secuestrar la experiencia ajena con una conclusión brillante.

   Se habla mucho de acompañar, pero se practica poco. Porque acompañar no es caminar delante tirando del otro con una sonrisa profesional, tampoco es desaparecer y dejarlo solo en nombre del respeto. Acompañar es sostener una conversación sin apropiártela. Es estar ahí sin convertirte en el protagonista oculto del proceso. Es intervenir sin meter dentro de la conversación tu prisa, tu necesidad de lucidez, tu afán de ordenar la vida ajena o tu manía de tener razón.

   Y eso, aunque a algunos les moleste, no es una postura débil. Es una disciplina.

  Hay quien sigue creyendo que un coach trabaja más cuanto más habla, cuanto más pregunta, cuanto más reformula, cuanto más devuelve, cuanto más presencia escénica despliega en sesión. Pero a veces toda esa actividad no es señal de competencia, sino de nerviosismo profesional, de incapacidad para sostener silencio, de miedo a no parecer útil, de ansiedad por justificar la propia función o de dificultad para dejar que el otro piense sin colonizarle el pensamiento.

   Porque sí, también se puede invadir preguntando. Se puede invadir reformulando. Se puede invadir validando. Se puede invadir con mucha amabilidad y mucha corrección técnica. Y a veces se invade más cuanto más sofisticado parece el lenguaje.

  Por eso conviene decirlo sin adornos, la no directividad no consiste en no hacer nada, consiste en no meterle al otro lo que es tuyo: tu lectura, tu receta, tu esquema, tu conclusión, tu preferencia, tu necesidad de cierre, tu interpretación del problema, tu forma de entender lo que le pasa. Dicho de otro modo, no directividad no es ausencia de acción, es acción sin transferencia.

   Y eso exige un trabajo interior que no todo el mundo quiere asumir porque para no invadir no basta con aprender cuatro técnicas y colocarse el rótulo de coach. 

   Hace falta contención de verdad, hace falta humildad, hace falta soportar no ser el más listo de la conversación. Hace falta renunciar al placer de acertar sobre el otro, hace falta escuchar sin abalanzarse, saber espera y no usar al otro como escenario de tu propia necesidad de influencia.

   Aquí es donde aparece otra cuestión incómoda. No hace falta ir por la vida con el traje de coach puesto las veinticuatro horas del día, sería ridículo, pero cuando una metodología está bien integrada, se nota fuera de la sesión. Se nota en cómo discutes, en cómo escuchas, en cómo no te apresuras a corregir, en cómo dejas pensar al otro sin atropellarlo, en cómo acompañas sin apropiarte de su problema, en cómo eres capaz de no convertir cada conversación en una oportunidad para volcar tu criterio.

   Y eso importa mucho más de lo que parece, porque la no directividad bien entendida no solo mejora una práctica profesional, también puede mejorar la comunicación humana en cualquier ámbito: en la pareja, en la familia, en la amistad, en la docencia, en los equipos, en cualquier relación en la que uno tenga la tentación de tomar posesión del pensamiento del otro con la excusa de ayudarle.

  Todos conocemos ese tipo de conversación en la que alguien supuestamente escucha, pero en realidad ya está corrigiendo por dentro, ya está preparando su consejo, ya está interpretando, ya está decidiendo qué te pasa y qué deberías hacer. Eso no limpia la comunicación, la ensucia, la llena de interferencias, la vuelve torpe, aunque se presente como cercanía, experiencia o buena intención.

  Por eso conviene dejar de confundir la no directividad con una especie de neutralidad blanda o de pasividad elegante. No es eso, no es inhibirse. ni lavarse las manos, ni evitar posicionarse cuando toca, ni falta de carácter, miedo al conflicto, relativismo (tan de moda en la actualidad) y mucho menos, cobardía conversacional.

   Es algo mucho más exigente, no invadir.

  Y no invadir no significa no tener criterio: es no imponerlo donde no corresponde, no secuestrar al otro con lo que tú ves, intervenir sin colonizar el proceso, estar sin adueñarte...en resumen, renunciar al dominio.

  Eso, en un tiempo como este, casi suena revolucionario porque vivimos rodeados de pedagogías invasivas, de consejos no pedidos, de interpretaciones precipitadas, de gente incapaz de dejar pensar al otro sin meterle un mapa encima. 

    Todo el mundo quiere aportar, orientar, salvar, corregir, despertar, empoderar, iluminar. Casi nadie quiere callarse a tiempo, contenerse o renunciar a la satisfacción egoica de influir.

    Por eso la no directividad desconcierta tanto, pues obliga a una forma de rigor que no hace espectáculo, lleva a trabajar sin protagonismo, a afinar la escucha en lugar de exhibir soluciones. Obliga a respetar el pensamiento del otro no como consigna moral, sino como exigencia metodológica.

    Y este es el punto que muchos no quieren admitir: a veces se invade no por mala fe, sino por mala educación del carácter. Por impaciencia, por vanidad, por prisa, por ansiedad, por necesidad de ser relevante, por incapacidad de tolerar que el otro no vea todavía lo que uno cree ver. 

    De modo que sí, una práctica de este tipo tiene también una dimensión personal porque sin cierta limpieza interior la metodología se convierte enseguida en máscara. Se puede hablar de no directividad y ser profundamente invasivo. Se puede llenar la boca de respeto y no dejar respirar al otro ni dos minutos.

    De ahí que la pregunta no sea si el coach hace mucho o hace poco. La pregunta de verdad es otra: ¿qué mete en la conversación cuando interviene?, ¿claridad o presión?, ¿apertura o dirección?, ¿escucha o colonización?, ¿Mete método o mete su ego?.

    Ese es el asunto.

    Así que no, la no directividad no es pasividad. Es una forma exigente de presencia sin ocupación indebida, una manera de estar sin invadir, una forma de intervenir sin sustituir al otro. 

    Cuando eso se integra de verdad, deja de ser una técnica que uno activa en sesión y pasa a convertirse en una manera más limpia, más respetuosa y más inteligente de relacionarse.

    No hace falta vivir disfrazado de coach, pero sí convendría dejar de vivir atropellando al otro con la coartada de la ayuda.

    Porque a veces lo más difícil no es saber qué decir.

    A veces lo más difícil y también lo más honesto, es no meterle al otro lo que no es suyo.


Concha Castelló - Coach Humanista Certificada - Coach TGC

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