Nadie tiene que pensar por mi


   La posibilidad de relacionarnos con una amplia gama de personas y personalidades, de ámbitos sociales distintos, con mayor o menor preparación académica, rangos de edades diversos, proporciona una visión más globalizada de las sociedades, del mundo en general y sobre todo facilita la comprensión de la naturaleza humana. 

       ¿Qué pensamos sobre quiénes somos?. ¿Estamos satisfechos con nuestra vida?. O ¿qué queremos llegar a ser?.
             
“Quien no quiere pensar es un fanático, quien no puede pensar es un idiota, quien no osa pensar es un cobarde” 
Sir Francis Bacon
        La capacidad de pensar es propia del ser humano y desde los albores de la humanidad ha ido desarrollándose paulatinamente y acorde con la evolución; la aptitud de pensar otorga significado a la comprensión de uno mismo y del mundo que le rodea.

        Todos los avances logrados hasta el siglo presente han sido el resultado de procesos de pensamiento, todo lo que somos hoy día como “humanidad” es gracias a grandes pensadores de la antigüedad cuyas ideas imaginadas, orientadas y proyectadas, crearon un sistema de representación social adaptado a cada momento histórico o a ciertas necesidades de cambio que como augures, preveían para un futuro mejorable.

        Filosofía y ciencia no tenían distinción, de hecho todas sus ramas formaban un corpus de conocimiento sólido y así fue hasta el S.XVIII. La Revolución Industrial, tan necesaria para el progreso, consolidó la separación de estas dos ramas del saber y cuyas consecuencias seguimos constatando en la actualidad.

        Conforme hemos ido avanzando en tecnología y descubrimientos científicos, en mejoras sociales, hemos dejado el control y gobierno de nuestra vida en manos de otros; nos hemos instalado en la comodidad de que “otros piensen por nosotros y por nuestro bienestar”.

        Desde hace unos años es evidente la aceleración temporal que infringimos a todas nuestras actividades, fruto quizá del frenesí  por vivir intensamente, por disfrutar de todo lo que tenemos a nuestro alcance y que es mucho más de lo que tenían nuestros padres y abuelos. 

        La sociedad ha avanzado considerablemente y en ese avance hemos dejado de lado el pararnos a pensar si la vida que tenemos es la que realmente queremos.

        Al parecer importa poco dar la importancia que debiéramos a los males que aquejan a la humanidad en pleno S.XXI; vivimos cada momento del día a contrarreloj, como si nos fuera la vida en ello, de ahí el estrés, la ansiedad, las enfermedades cardiovasculares, los accidentes automovilísticos…sumergidos en la vorágine de la prisa, de lo que menos nos ocupamos es de pararnos a pensar. 

        La solución más “eficaz” es recurrir a fármacos que nos regulen el desequilibrio físico y emocional lo antes posible, aunque no seamos conscientes de que los necesitaremos durante años si no ponemos otro remedio.

“Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males” Voltaire

        Reactivos a lo que sucede a nuestro alrededor, el siguiente paso en instalarnos en la queja permanente…la crisis, la corrupción, la economía, el desempleo, etc.

        ¿Realmente tenemos un criterio propio o nos limitamos muchas veces a repetir lo que escuchamos cada día en los medios de comunicación y el entorno?.
Vivimos en plena ebullición de mensajes esperanzadores, armoniosos, afectuosos, lanzados en las redes sociales como si, por arte de magia, se produjera el efecto deseado con solo leerlos y lo mismo ocurre con los vídeos y libros de autoayuda.    

        Uno de los mayores autoengaños es creer que mejorar la calidad de vida se consigue sin dedicarle tiempo y esfuerzo.

        Quizá uno de nuestros mayores errores humanos sea tener un pensamiento monolítico e inflexible a la hora de reflexionar sobre nosotros; de no generarse el planteamiento de la duda, seguiremos sumergidos en creencias devastadoras para nuestro día a día.

        Otra, llamémosle “tendencia social” es el pensamiento mecanizado, excluyente de antiguos paradigmas, sustituidos por otros de menor fundamento, caóticos, con premisas deterministas y técnicas inductivas, con la única finalidad de controlar a una mayoría no pensante y el enriquecimiento de unos pocos sin escrúpulos.

        Es necesario realzar esa capacidad que tenemos, activar nuestro pensamiento, promover a través de él una toma de consciencia por propia convicción; mucho se habla de tomar consciencia, sin embargo llegar a ese estado interno lleva implícito el pensamiento correcto y la acción correcta.

        En mi ejercicio como Coach frecuentemente escucho a los clientes expresar su sorpresa por buscar para sí respuestas a preguntas que anteriormente no hubieran pensado ni imaginado hacerse; de eso se trata, de facilitar a otros un nuevo posicionamiento de respuesta sobre aspectos de su vida que le servirán en un futuro para tomar decisiones, calibrar experiencias gracias a ese potencial, el de ser pensadores.

Concha Castelló - Coach Humanista Certificada

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