La memoria emocional y el cambio



"Hay que buscar el significado armónico de las experiencias" Carl Rogers

    Para nuestra memoria, las personas y acontecimientos que no están asociados a una vivencia que deje una huella emocional, no existen o bien, en muchos casos, parecen no haber existido.

    Por poner un ejemplo, si preguntamos a varias personas qué hacían el día 11 de Septiembre de 2001, cuando vimos las imágenes del atentado contra las Torres Gemelas que conmocionó al mundo entero, veremos que lo narran con total seguridad e incluso, con todo lujo de detalles.

    Cuando evocamos el recuerdo sobre alguien con quien tuvimos una mala relación, ese recuerdo acude a nuestra mente acompañado y/o intensificado por lo que sentimos la última vez que pensamos o hablamos de ella. Reforzamos constantemente lo ocurrido a través de la evocación y la narración; a su vez, se va remodelando inconscientemente sin apenas darnos cuenta, sin tener conciencia de ello.

    Por eso, cuando pensamos y contamos un suceso pasado, aquello que nos ocurrió hace años, realmente no lo hacemos con los datos tan reales como creemos, sino que vamos añadiendo otros datos con la emocionalidad de hoy y el hecho va perdiendo objetividad. Aún así, creemos que encierra nuestra verdad y le damos total validez.

    No existen los recuerdos "neutros" y es uno de los motivos por los que se nos hace tan difícil resolver mental y sentimentalmente un conflicto antiguo y pasar página.

    Una vez analizada someramente la memoria emocional, debemos tener presente lo que pensamos y sobre todo, la recurrencia de ciertos pensamientos que determinan el estado de ánimo.

    Volviendo al ejemplo anterior, si yo me recreo mentalmente en los sucesos del 11-M y días posteriores, lo más probable es que me invada una profunda tristeza y cuánto más tiempo me recree en esa línea de pensamiento, más carga emocional añadiré a mi ya deteriorado ánimo.

    La clave está en poner atención a los pensamientos. Los seres humanos tenemos una capacidad que nos hace únicos, la de pensar sobre nuestros pensamientos, sin embargo, siendo una capacidad inmensa, solemos ignorarla, poniendo toda una serie de excusas, como la falta de tiempo. Y es que, para ser consciente de nuestros pensamientos, debemos de aplicarnos en la atención y tenemos un cerebro que se apaga cuando le salta la alarma de aviso: "batería agotada".

    Hoy día sabemos que la atención sostenida se puede mantener durante 15 minutos aproximadamente en adultos, (en los niños el porcentaje va disminuyendo conforme vamos quitando años), y con pequeños intervalos de descanso, puede desarrollarse durante unos 90 minutos. A partir de ese tiempo, todo aparente esfuerzo que hagamos, no dará el resultado esperado.

    Demasiadas cosas sobre las que pensar cada día, muchísimas decisiones que tomar, incesantes actividades y entre ellas, darle vueltas y más vueltas a aquello que ocurrió hace años y aún no hemos resuelto emocionalmente. ¿O será que buscamos excusas, realizamos tareas con el fin de entreternos y no darle vueltas al monotema del momento?.

    La huída no es la solución, puede ser que en el siguiente recodo, vuelva a aparecer ese mismo tigre, el que lleva acechándonos desde hace años.


Concha Castelló - Coach

Capacitadora Docente en Neurociencias



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